¿El año de lo analógico?

Feb 24, 2026
¿El año de lo analógico?

Estamos en febrero de 2026 y muchos de los posts que inundaron nuestros feeds a principio de año, asegurando que este sería el año de lo análogo, ya parecen haber envejecido mal. Nuestros hábitos de consumo se mantienen y las cifras de las plataformas de streaming confirman que atraviesan uno de sus mejores momentos, reforzando la idea de que lo digital sigue dominando mientras lo análogo encuentra su propio espacio.

¿Realmente volverá lo análogo? Nuestra respuesta —conscientes del conflicto de interés— es que sí, pero no necesariamente para sustituir al streaming. Más bien, todo apunta a que convivirán.

Fue Hegel quien propuso que la realidad avanza como un ciclo en constante transformación. Todo empieza con una idea que parece suficiente por sí sola; con el tiempo, sus límites se hacen visibles y surge una postura opuesta que la cuestiona. De ese contraste nace una tercera etapa que recoge lo mejor de ambas y las supera. Esta nueva forma de entender las cosas se convierte entonces en el punto de partida de otro ciclo, manteniendo el movimiento. Es lo que conocemos como tesis, antítesis y síntesis: un proceso continuo en el que cada idea evoluciona a partir de la anterior.

Hoy lo damos por sentado, pero hasta que Thomas Edison patentó el fonógrafo en 1870, la única forma de escuchar música era en vivo. Fue esta misma tecnología la que transformó la música como la conocemos. La duración estándar de un sencillo (2 – 3 minutos aproximadamente) es porque, en sus inicios, las canciones estaban sujetas al espacio físico de un vinilo de 7 pulgadas. Los lanzamientos se tenían que prever con meses de antelación. Miley Cyrus cuenta en una entrevista que una de las experiencias más raras de su vida fue grabar A Holly Dolly Christmas, un álbum claramente navideño, junto a Dolly Parton en pleno junio. Para que el lanzamiento llegara justo a tiempo a la temporada, era necesario anticipar durante meses cada etapa de producción y logística. En ese contexto, la inmediatez en la música resultaba prácticamente inalcanzable. Tesis.

El streaming, tal como lo conocemos hoy, no nació de una historia romántica de unos tech guys buscando democratizar la cultura. Surgió, en parte, como una respuesta de las grandes disqueras frente a la piratería, vista por la industria como una de las debilidades del formato físico. Cuando alguien posee una copia, resulta difícil impedir que ese contenido convertido en MP3 circule en redes P2P –en Latinoamerica, Ares fue el programa más popular. Esa misma tecnología terminó transformando la forma en que consumimos música. Antes, las opciones eran limitadas: ir a un concierto, sintonizar la radio o tener un disco propio. El streaming cambió las reglas al poner millones de canciones en nuestros dispositivos, creando un entorno donde todos los artistas compiten por captar nuestra atención. Hoy, muchas canciones se diseñan pensando en su potencial viral —por ejemplo, en TikTok—, en su capacidad de generar el “replay” y en conectar con nuestra tendencia de volver siempre a lo familiar. El cambio dejó de ser una excepción para convertirse en parte del proceso creativo. Un caso específico es el de Kanye West, quien modificó The Life of Pablo en varias ocasiones incluso después de su lanzamiento en Tidal. Antítesis.

El repunte en las ventas de música y películas en formatos físicos en Estados Unidos se atribuye, en gran parte, a la Gen Z. Vinyl Alliance reporta que, en una muestra de 1,100 personas nacidas entre 1997 y 2005, el 76% compra vinilos al menos una vez al mes. Aun así, este mismo grupo identifica a Spotify como su principal medio de consumo musical. Identidad, comunidad e incluso salud mental figuran entre los motivos de compra más recurrentes. Coleccionar música en formatos físicos forma parte de sus hábitos culturales: tienen playlists para el tráfico, el gimnasio, el estudio o el trabajo; descubren nuevas canciones en plataformas digitales y reservan sus estanterías para aquellos álbumes que conectan profundamente con su historia personal. Se configura así un modelo híbrido que trasciende la música y también se observa en la fotografía, los libros y el cine: lo digital facilita el acceso, mientras lo físico resguarda el valor emocional.

Empezamos a ser más conscientes de los efectos nocivos de las redes sociales y las nuevas tecnologías, debido el consumo indiscriminado de contenido y el impacto de los algoritmos. Al mismo tiempo, resulta innegable la conveniencia, los beneficios y los nuevos mercados que han abierto para la sociedad. Nos guste o no, forman parte de nuestro presente y seguirán influyendo en cómo vivimos y cómo consumimos. Lo que sí nos corresponde es reformular la manera en que nos relacionamos con ellas.

2026 no será el año de lo análogo, sino el inicio de la síntesis —o, al menos, eso creemos. Y también, eso esperamos.

 



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