En el indie, cada década tiene a quien le marca el sonido. Del 2001 al 2010 fueron
The Strokes; del 2011 al 2019 fue Mac DeMarco. Siempre pasa lo mismo: alguien encuentra un sonido fresco o redefine uno viejo, la gente se engancha y de repente, todos los nuevos proyectos parecen usar el mismo preset. Las bandas jóvenes adoptan no solo el sonido, sino toda la personalidad artística, y eso hace que el efecto se note todavía más.
Eso es lo que está pasando con Geese después de Getting Killed. Se están convirtiendo en el sonido de la década 2020–2029, y lo que salga en los próximos años terminará etiquetado como “suena a Geese”. La ley de la proximidad lo explica bien: el cerebro agrupa como similares los elementos que están cerca en tiempo, estilo o contexto, aunque no sean idénticos. Getting Killed usa esa cercanía a su favor. Nos lleva a tantos lugares familiares que el oído los reconoce alinstante.
Pero lo que destaca es que Geese no suenan como otros; más bien, otros suenan como si estuvieran cerca de ellos. La sensación de escena nace de la proximidad de las ideas, no de que todos hagan lo mismo. El disco junta tantos rasgos decisivos —la teatralidad, la urgencia rítmica, los giros abruptos— que termina funcionando como un “centro” al que todo parece acercarse. Su falta de originalidad queda superada por su autenticidad. Cameron Winter escribe como
alguien que hace que uno crea que cualquiera podría hacerlo, y esa familiaridad
despierta las ganas de comprar una guitarra y formar una banda.